sábado, 11 de abril de 2009

Una mirada a la ironía y a la tolerancia

Hoy os traigo un extracto de las lecciones que nos impartiera el profesor Antonio Valdecantos acerca de la ironía y la tolerancia.
Ya desde la época clásica, la ironía es concebida como un juego de palabras en donde uno viene a expresar lo contrario de lo que piensa (dándose, así, una disonancia entre expresión y voluntad), pero esto no con el ánimo de engañar, sino más bien con el de mostrar elocuencia en el hablar. Juego de palabras que conlleva, además, una suspensión (provisional) de responsabilidad: quien dice algo irónicamente no lo dice porque lo crea de veras, y esto parece que le inmuniza ante posibles atribuciones de responsabilidad en lo dicho. El ironista se nos presenta así como un hablante privilegiado: al no responsabilizarse de lo que dice, las palabras no le pesan (claro que, entiendo que si bien no puede acusarse al ironista de que crea aquello que irónicamente afirma, siempre se le podrá reprochar que haya hecho uso de la ironía en un momento en que, quizá, no convenía). Conviene subrayar el hecho de que esta suspensión de responsabilidad es provisional, momentánea, mero paréntesis en el discurso que en seguida ha de cerrarse para que tenga sentido y efecto.

En cuanto a la tolerancia, ésta parece exigir la concurrencia de cuatro situaciones: a) como es de suponer, la presencia de un tolerante y un tolerado, b) en donde el tolerante, en desacuerdo con la acción del tolerado, c) y teniendo capacidad para impedir esa acción que desaprueba (para que haya tolerancia ha de poder haber intolerancia), d) decide, no obstante, permitirla (tolerarla).
Ocurre, sin embargo, que nuestra sociedad es muy dada a llenarse la boca de determinados términos, con la consecuente desvirtuación de los mismos que ello suele suponer, y uno de ellos es el de “tolerancia”. A tenor de lo que uno oye por ahí, la tolerancia es vista como un valor más que estimable (ser tolerantes sería casi lo mejor que uno puede ser en la vida), siendo la intolerancia equiparada a la insensibilidad social cuando no a la más absoluta barbarie, cuando en realidad, la tolerancia no implica en sí misma nada positivo ni negativo (será en función de lo que se tolere o se impida el que nuestra acción pueda ser calificada de buena, mala o insignificante desde un punto de vista moral). Ha de quedar claro, por tanto, que la tolerancia no es, de inicio, ni buena ni mala, al igual que ocurre, en general, con casi todos los conceptos que tienen una carga ética o moral.
No obstante esta aclaración, como (entiendo) resulta muy fatigoso aislarse de lo establecido, de lo popular, bien haríamos en tomar en consideración la concepción actual sobre la tolerancia, de tal forma que llamaríamos tolerante no sólo a quien no impide lo que podría haber impedido y no le gusta, sino también a aquel que muestra una buena disposición hacia lo que le es ajeno, hacia valores distintos a los suyos. De esta forma, podríamos distinguir dos tipos de tolerancia según el grado de desaprobación hacia lo que se tolera (nulo o prácticamente inexistente en la segunda forma, que Antonio Valdecantos denomina "tolerancia contagiada", en contraposición con la primera forma, a la que llama "tolerancia inmune"). No obstante, a mí me resultó más claro llamar a la primera forma “tolerancia voluntaria” y, consecuentemente con ello, a la segunda “tolerancia forzada”, en cuanto que supone un esfuerzo para quien la lleva a cabo, y así me referiré a ellas a partir de ahora.
Pero voluntaria o forzada, la tolerancia siempre puede jugar un importante papel en los cambios de creencias. El que actúa con tolerancia no lo hace para cambiar de parecer (ni siquiera ese sería el objetivo que movería al tolerante voluntario), pero ello no es óbice para que al final así suceda. En este sentido, la tolerancia puede resultar un buen procedimiento de traslación de ideas: por medio de la tolerancia hacia creencias distintas, uno podría desligarse de las suyas propias (al menos en parte). Por supuesto, no siempre la acción de tolerar algo dará como resultado un cambio de opinión. La tolerancia en sí misma no implica que uno deje de creer lo que cree, y en muchos casos también ocurrirá precisamente lo contrario: que el tolerar algo sea precisamente lo que refuerce la creencia inicial.
Pero lo importante aquí es el hecho de que la tolerancia actúa de puerta abierta a la posibilidad de que cambiemos nuestras creencias iniciales (independientemente de que ello ocurra o no finalmente y ocurra poco o mucho y, por supuesto, independientemente de que dicho cambio resulte positivo o negativo desde un punto de vista moral). Valiosa por tanto en cuanto rupturista de la moral establecida, la tolerancia se presenta (entiendo) como camino fronterizo entre nuestra cosmovisión inicial y otras alternativas, entre los prejuicios y la verdadera esencia de las cosas. Sólo es cuestión de coger la dirección correcta (que a saber cuál es, claro). Pero más importante que la posibilidad de cambiar de parecer en lo que respecta a un determinado asunto es la posibilidad de cambiar nuestra manera de relacionarnos con lo ajeno. En última instancia, la tolerancia puede hacer del tolerante forzado un tolerante voluntario, si bien, por las mismas (como ya dijimos), la tolerancia también puede acabar por acrecentar el sentimiento de repudio inicial del tolerante forzado hacia lo que decidió tolerar (todo irá en función del grado de familiarización y adaptabilidad del tolerante forzado con la cosa que tolera).

La ironía, por su parte, no deja de ser un falso cambio de creencias. Más al contrario, parece incluso que la ironía viene a reforzar la creencia inicial, pues lejos de involucrarse en el cambio de parecer hace de ello un motivo de mofa. Ahora bien, aparentemente, el ironista actúa por oposición a sus creencias, cosa que también le ocurre al tolerante. Se diría de ellos que actúan de un modo incoherente: el ironista, diciendo lo que no piensa, y el tolerante aceptando lo que no es de su gusto. Lo cierto es que, tanto el ironista como el tolerante, conciben su actuación como un mero paréntesis en su comportamiento habitual (ya dijimos que la suspensión de responsabilidad que traía aparejada la ironía era de carácter provisional). Ocurre, no obstante, que lo que de inicio es tomado no más que como una excepción (en el lenguaje o en el modo de actuar) puede acabar por conformar la regla.
Ya vimos cómo el tolerante forzado podía modificar su juicio hacia la cosa tolerada y cómo ello podía llegar a convertirle en un tolerante voluntario. Al ironista lo que le puede ocurrir es que no sepa poner fin a su ironía, que ésta se extienda hasta un punto que el ironista pierda todo control sobre ella y no sepa de qué esta hablando, y mucho menos si habla o no irónicamente (lo cual no deja, a su vez, de ser irónico, como bien supo ver el escritor romántico Friedrich Schlegel, quien definió la ironía como una “parecbasis permanente”, es decir, como un paréntesis que nunca llegara a cerrarse).
Con frecuencia ocurre que quien está hablando hace un paréntesis para hablar de otra cosa y, aunque tenía la intención de volver rápidamente al tema anterior, la digresión le lleva a otra digresión, y ésta a otra… Pues bien, imaginemos que la interrupción no se interrumpe nunca, que lo que estaba pensado como paréntesis acaba imponiéndose como tema de conversación, el tema del que partió la primera digresión acaba por perderse y uno acaba perdido también por completo, sin posibilidad real de acabar con el disparate en que se ha convertido su discurso. Dejando a un lado lo asfixiante de la situación, hay mucha ironía en ella (más aún cuando todo empezó a raíz de una ironía).
En consecuencia, vemos cómo la a priori provisionalidad que acompaña a la ironía y a la tolerancia (y en la cual éstas se fundamentan) es también ella misma provisional (uno no sabe con seguridad hasta donde le llevará su ironía o su tolerancia) por lo que (considero) es lícito, aunque resulte redundante, caracterizar conjuntamente a la ironía y a la tolerancia por su provisional provisionalidad.

Estas cuestiones relativas a la ironía y a la tolerancia pueden leerse de forma más detallada en el libro La moral como anomalía (Herder, 2007) del profesor Antonio Valdecantos (catedrático de Filosofía Moral en la Universidad Carlos III de Madrid).

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